Helen Levitt o el paraiso perdido

Hablar de las imágenes de Helen Levitt es como abrir la puerta de un jardín largamente cerrado, una puerta que solo puedes abrir a  partir de una cierta edad, cuando la niñez se convierte en un fantasma que se pega a nuestros talones, unas imágenes de cuando el tiempo era otro tiempo y la calle era un lugar en el que jugar, cuando los peligros eran tan reales y presentes que se asumían como parte de la vida, un jardín en el que el barro, y la suciedad de las calles aportaban una pizca de color en un mundo que se recuerda en blanco y negro.

Un paraiso lleno de miseria, ruido, gritos y carreras, risas, disfraces y curiosidad, el paraiso de la inconsciencia, el paraiso de ser un niño a pesar de todos los pesares.

Su obra es un recorrido por las calles del Nueva York de los años 40 y 50, un recorrido por unos barrios que hoy llamaríamos “populares” donde la miseria jugaba de la mano con los niños, unos niños que casi siempre rien, felices de ser lo que son, niños que ignoran un mañana todavía lejano, aunque quizás les esperase a la vuelta de la esquina.

Un paraiso perdido en el que todavía se puede entrar, solo falta imaginación para ver y “convertir” los objetos, las cosas y los detalles en puertas que nos lleven a ese jardín.

Solo debes apretar el botón.

Para vosotros, adolescentes en un mundo por recorrer esta palabrería tal vez os suene cursi, pero no olvideis que en la fotografía siempre hay dos miradas, el que la hace y el que la mira, y éste último aporta siempre en su lectura el bagaje, las maletas de una vida que le acompaña.

En los años 60 y 70 Helen Levitt  descubre el color y las diapositivas, su mirada, rápida como la de su maestro Cartier-Bresson continúa registrando el mundo que la rodea, aunque ese paraiso ya se había perdido, invadida las calles por los luminosos, los coches y demás escaparates de la vida moderna.

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5 pensamientos en “Helen Levitt o el paraiso perdido

  1. Andaba buscando información sobre Helen Levitt a raíz de un artículo que he leído en un libro de Elvira Lindo en el que la mencionaba y las imágenes me han encantado. Tenía talento, sensibilidad y una alta capacidad observadora de la vida cotidiana. Me asombra la cantidad de niños que había en la calle jugando solos, cuando ahora no encuentras a ninguno.

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